Hay un tipo esperándome en cualquier bar donde esté yo viendo esta final, que en el minuto ochenta va a decir: «Si hay que perder, que sea contra Messi«. No sé cómo se llama. Nunca lo sabré, pero siempre voy a recordar sus manos quietas sobre la mesa, mientras las nuestras son puños. Y cuando lo diga, me voy a levantar, voy a pagar esa cerveza que le habría estampado con gusto en la cabeza y me voy a ir a ver el resto del partido a casa. Con el culo haciendo equilibrios sobre el borde del sofá por si Oyarzabal caza una.
¿Qué hacemos con los que prefieren perder si es contra Messi? Qué hacemos con ellos porque esa frase no solo es una opinión de fútbol. Una opinión al pedo, como dicen los argentinos y aquí ya estoy regalándoles el único terreno que les quiero conceder en toda la columna. Mi abuelo, que pasó año y medio escondido en el monte tras desertar del ejército sublevado, le decía siempre a sus hijos: «El que no elige bando ya eligió. No hablaba de fútbol. Podría.
1920, Amberes. Un grupo de españoles sin táctica le mete una paliza a Suecia jugando como si el balón les hubiera insultado a la madre. Un periodista los llama «la Furia» y el nombre se queda con nosotros un siglo entero porque describe algo que va más allá del fútbol: la decisión de convertirlo en un asunto personal. Nadie llama furiosa ya a España, que transmite una extraña paz interior sobre el campo. Si alguna de las dos juega en esa partitura es Argentina, pero la mansedumbre tiene un techo.
Ochenta y ocho años después, en Viena, Luis Aragonés nos enseñó que del subcampeón no se acuerda nadie. Que hay que salir con pensamiento positivo y machacar si se puede. No hay pizarra en esa frase. Hay una orden. Ganamos esa noche. A nadie se le ocurrió decirle a Torres que sería bueno al menos perder contra Robben. Argentina entiende esto mejor que nadie, lo digo con la rabia de quien admira lo que va a intentar destruir esta tarde. Maradona marca con la mano y seis minutos más tarde deja a media defensa tirada en el césped como el viento con la colada mal tendida. La trampa y la genialidad, hermanas gemelas. Perdieron finales después, pero nunca oí a un argentino decir «ojalá gane el mejor». Oí que el árbitro era un ladrón. Así se pierde, si hay que perder, rompiendo hasta el último plato de la vajilla.
Por eso no quiero equidistantes cerca esta noche. Quiero locos. Gente que insulte al televisor sabiendo que nadie escucha al otro lado. Gente que se ponga de pie con el 2-0 en contra porque no sabe hacer otra cosa. El equidistante ya tiene la excusa preparada desde el jueves. El lunes te va a explicar, muy tranquilo, que «el fútbol es así» y que lo veía venir. No es cierto. El fútbol es ingobernable pero tiene una máxima: el que no elige ya perdió..
Que no gane el mejor, que gane España. Que Messi llore en ese campo hasta dejar a Neymar y el resto de brasileños por hombres hechos y derechos. Porque esa imagen —el enemigo roto, el amigo en éxtasis— es la única que me interesa. Me dan igual las tácticas y vuelvo a recordar a Luis, nuestro salvavidas emocional antes de cualquier día importante. «¿Lo han entendido?¿Sí? Pues esto, esto (golpeando la pizarra), no vale para nada. Lo que vale es que ustedes son mejores y que estoy hasta los huevos de perder”, les dijo a los del Atlético antes de ganar la Copa contra el Madrid en el 92. Solo quiero ver el marcador y del «si hay que perder que sea contra Messi» sobrepasado por el estallido de la fiesta, al fondo de la barra. Calladito.
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