Perder

Andoni Zubizarreta en el Nigeria-España de Francia 98.

Perder es una posibilidad. Una posibilidad como una espina en la yema del dedo. Una posibilidad como caerse en sueños y agitarse en la cama. Una posibilidad terrible. De niños, cuando teníamos miedo, nos tapábamos los ojos frente a la pantalla. Pero, ¿qué hacemos ahora? Adultos que tiemblan. Toda felicidad está preñada de desdicha. Así de gitana es la vida. Acecha lo malo tras la esquina de lo bueno. Romero y sal. No quiero perder hoy. Pero perder es una posibilidad.

No hago porras. No quiero odiar al rival. Espero calmado el desenlace de este España-Argentina. De este oleaje rojo, blanco, azul y celeste. Como el mar en el atardecer. Sillas de playa y crujido de rodillas. «No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo», escribió Fernando Pessoa. La doble estrella en el pecho. Eso quiero. Pero han sido tantas las derrotas. Tantas cicatrices en la memoria. Que uno ni soñar quiere ya. Sólo esperar que los minutos vayan cayendo como las tejas previas al derrumbe.

España es un país en carne viva. El fútbol burbujea sobre la herida. Zubizarreta tendido bocabajo sobre el césped del Stade de la Beaujoire de Nantes. Cascabeles de sangre sobre la camiseta de Luis Enrique. Y tantos goles que no llegaron. Banderas en el suelo. Confeti sin arrojar. La última canción en la discoteca. Luces encendidas. Ganas de más. Siempre ganas de más. La final es un after en el que, tras mucho insistir, nos han dejado entrar.

Pero perder es una posibilidad. El sonido de dos coches al chocar en la avenida. El larguero escupiendo tu esperanza. Pases hacia atrás. Ese diablo al que bautizaron Lionel. Un rey déspota. Conquistador de las áreas ajenas. Colérico e infatigable. Cómo luchar contra el talento y la rabia. Cómo parar una fuerza imparable.

Quiero confiar, pero miro a través de un caleidoscopio. Imprevisible en sus colores y en sus formas. Quién ganará. Ojalá nosotros. Pero sólo ojalá. Cada mañana me duelen las viejas lesiones. Madurar es cargar sobre nuestros hombros nuestros errores y los errores de los demás.

Me acuerdo de Zubi, aquel Zubi como un árbol cortado, vencido sobre sí mismo, inmóvil, pesado, roble centenario enfermo y sacrificado en mitad de un pasto árido. Mi héroe caído. Me hice hombre tras arrojarme sobre su guante derecho. Como un sudario. Apenas una rama rota de aquella naturaleza en llamas que siempre ha sido este país.

Perder es una posibilidad, pero morir es la única certeza. El resto de cosas pueden cambiar. Alzar los brazos y no llorar. Celebrar los imposibles. Una mancha oscura en el esternón es la derrota, dentro del pecho también de los campeones. Por qué el miedo. Por qué a cada explosión de felicidad le sucede el vértigo. Estrellas simétricas. Doradas. Y nuestras.

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