Aquí andamos, sin uñas ya esperando que lleguen las nueve. Llega la final y en la cabeza sólo caben finales. Una tras otra o todas a la vez. Momentos, buenos y malos, victorias y derrotas, heroísmo y barbarie. Los instantes que han construido la leyenda, y que esta tarde ayudan pasar el trago, memoria mediante. A digerir la espera que es eterna siendo finita.
Los héroes. Obdulio Varela parando el mundo en el centro del campo de Maracaná, desde aquel día el Vaticano del fútbol, doscientas mil personas en el día más triste de su vida. Y esa noche, de copas con los perdedores. Fritz Walter, definiendo los días Fritz Walter, (coman)dando la vuelta a la final del 54 contra quizá el mejor equipo que ha habido nunca. Hurst, que volverá a aparecer por aquí. Un hombre conocido por un solo día, el del primer hat-trick en una final. Kempes, llevando a hombros un país herido como un león con la melena al viento. Zidane en los córners haciendo lo que nunca pensabas que haría, porque en realidad nunca sabías qué iba a hacer, aparte de maravillarte. El gordo más querido volviendo de entre los muertos para no volver a salir jamás de nuestros corazones. Y Maradona.
Los antihéroes. Tantos futbolistas, algunos enormes, que recordarán las finales con dolor, con pena, con frustración, con enfado, con lágrimas. Sobre todo con lágrimas. El pobre Barbosa, sentenciado durante décadas por el pueblo brasileño sin haber cometido pecado alguno. Puskás, renqueando sobre el césped de Berna, quizá el mejor goleador de la historia, viendo alejarse su gran y única oportunidad. Viliam Schrojf, 1962, abriéndole la puerta a los brasileños en Chile mientras se cerraba la de su país pequeño y orgulloso. Cruyff, que en el primer minuto ya había reventado el partido que debía ser el suyo, el Mundial del modernismo, el Mundial del futuro, para acabar bajo el yugo del Thanos alemán. La imagen terrible del balón de Baggio levantándose hacia el cielo. El fallo más burdo del más dotado de los orfebres. El mejor jugador en Corea, un oso rubio vencido sobre el césped. Higuaín y Robben ciegos frente a gigantes. O el gran Kylian, nada sirvieron tres goles, nada sirvió la sangre congelada transformando penaltis uno tras otro, nada sirvió un titán que esa noche fue un equipo completo.
Los golazos. Balones que entraron a la vez en la red y en la historia. El que cabeceó en la primera edición el Manco Castro, sólo medio antebrazo pero suficiente para levantar el pequeño gran trofeo. Pelé con diecisiete años, no sabemos si antes se filmaría algún sombrero, gol a Suecia y los suecos aplaudiendo a sus pies. El paradigma colectivo en Azteca, al final de la final, el pie de Carlos Alberto, un cañón al atardecer. Panenka y cabezazo, un dios y el diablo que lo demoniza. Andrés y Mario, dos toques de clase, dos fogonazos de clase, dos países a sus pies. Pogba y Mbappé en Moscú como Pike y Dutch en Grupo Salvaje. Y cerrando el desfile, varios pies de seda moviendo un balón a la velocidad de la luz, para que lo mucho que quedaba de Di María lo coronase como se merecía.
La parte más oscura. Sí, también vienen como pesadillas recuerdos de finales que acabaron envueltas en sombras, ya fuera por ellas mismas o por lo que había sucedido antes. Mussolini amenazando con fusilamientos, árbitros que acababan expulsados de sus federaciones. Qué malos fueron los años 30. Hurst de nuevo, el gol fantasma de platino iridiado, fotos del balón con cal de la línea… y otro gol válido con decenas de personas en el campo. El gol fantasma de Hurst en 1966, que muchos análisis posteriores sostienen que nunca llegó a traspasar por completo la línea, seguido de otro gol con cientos de personas ya sobre el terreno de juego. Seis goles a Perú, quizá inexplicables, quizá nunca explicados. O al revés para Argentina, Codesal inventando en Roma para que Brehme ejecutase. Los tacos de De Jong que aún lleva Xabi Alonso en el pecho. Tan brutal, tan visual, tan acrobático kung-fu en una final. Y el camino de penaltis, autopista sin peaje, que llevaba hasta Doha. A la final de un mundial que nunca debió existir.
Los partidazos. Mejor terminar recordando cuando las finales fueron enormes, cuando esos 90 o 120 minutos se forjaron en oro y diamantes para siempre. Los pioneros rioplatenses de 1930, la primera gran remontada. Argentina dejando por primera vez su impronta, y acabando revolcada por la gran garra uruguaya, la mejor selección de aquel mundo joven. El Milagro de Berna en 1954, 0-2 de los magiares mágicos, el Juggernaut teutón compareciendo por primera vez para levantar a una gente que lo necesitaba. La superexhibición de Brasil ante una Suecia deliciosa. La magia que siempre esperamos de la verdeamarelha, la que parece desaparecida… Otra vez Argentina, 2-0 para empezar, el dinosaurio Rummenigge para abrir el camino del empate, el toque del astro para dejar solo a Burruchaga y aparecer, también, en la foto de la final. La novedosa Croacia resistiéndolo casi todo en medio la locura: al empate, al VAR, a un autogol… hasta que la tempestad francesa arrasó con todo. A pesar de Lloris. Y, por supuesto, la última. Una final que casi redime el torneo. La mejor Argentina en muchísimo tiempo durante muchos minutos. Un solo (super)hombre, Mbappé, equilibrando la contienda. Después, la prórroga, el fallo de Kolo Muani, los penaltis y quizá la mejor final de la historia. A pesar del Dibu.
Yo espero un héroe. Y que sea uno de los nuestros. Puede ser Lamine Yamal, llamado a ser el dios del futuro. Puede ser Oyarzabal, poniendo el último clavo de su leyenda. Puede ser Rodri, el jugador absoluto. Quien sea. Qué más da.
Espero también que el antihéroe sea Messi. Que haga un buen partido, que se luzca, que todos volvamos a amar en él algunas de las acciones que le han hecho inmortal. Pero que cuando llore al final, porque lo hará, no lo haga de alegría.
Espero también no acordarme mañana del árbitro ni del arbitraje. Que el partido pertenezca a los futbolistas. Por muy manido que esté, que gane el mejor.
Quiero un gran partido. Quiero muchos goles, a ser posible de los nuestros. Quiero imágenes que no se nos vayan nunca de la retina. Que nos hagan quemar YouTube durante las próximas semanas, meses o años.
Y, sobre todo, quiero salir a la calle esta noche y que en ella me ensordezcan los petardos y las voces. Quiero verlo todo rojo. Y quiero ser, al menos por unas horas, demasiado feliz.
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