Estamos en paz

El amor no gana siempre, pero a veces gana, y nos vale con esas veces.

El domingo vi la final del Mundial en el mismo pueblo, y en la misma casa, donde vi el España-Italia del Mundial de 1994. Aquel día, poco después de cumplir 11 años, presencié la secuencia del horror máximo. Ya saben: el fallo de Julio Salinas, el gol de Roberto Baggio, el codazo de Tassotti, la sangre de Luis Enrique y aquel árbitro húngaro. El trauma. Lo escribo ahora y todavía me hace daño.

Duele recordarlo. Duele porque no volveré a tener 11 años y nada se vive igual que a los 11 años. Aquella tarde, al acabar el partido y aún con las mejillas empapadas de lágrimas, me junté con mi amigo Luis para hacer lo único que solíamos hacer: jugar al fútbol. Aquella tarde frente a la portería recreamos una y otra vez la ocasión fallada por Julio Salinas. Yo, que soy zurdo, repetía, más derrotado y triste que enfadado: «Hasta con la derecha la marco».

A recrear el codazo de Tassotti no llegamos.

Aquella eliminación de 1994 la vi con mi padre. También vi con él la de 1996, no en el pueblo pero sí en casa, mano a mano. Y la de 1998 y la del 2000, y la del 2002 y la del 2004. Con mi padre, el primero que me lanzó un balón para chutarlo, el primero que me llevó a un estadio, el primero que lo hizo todo, vi también la eliminación del 2006 y la parte inicial de la Eurocopa del 2008. Pero algo pasó entonces, a partir del partido de cuartos.

Lo he contado alguna vez: el día del famoso España-Italia de cuartos de final, mi novia actuaba en el teatro. La función coincidía con el partido y yo era un hombre enamorado. Y ya sabéis que el amor no gana siempre, pero a veces gana, y nos vale con esas veces.

El caso es que cerca del teatro estaban mis amigos viendo el partido de España. Teníamos un local donde nos reuníamos. A mí ni me gustaba ni me gusta demasiado ver el fútbol con mucha gente, porque no me entero de casi nada, pero si iba hasta casa corría el riesgo de no ver nada. Así que cuando mi novia acabó lo suyo, fuimos a ver el partido con mis amigos. Y como España ganó en la tanda, superando por fin los cuartos, atribuí ese éxito a la superstición más boba. No tenía más remedio que ver en el mismo lugar, con mis amigos, lo que quedaba de Eurocopa.

Eso pensé. Allí vi la semifinal y luego bebimos unos rusos blancos. Antes de la final de la Euro del 2008, mi padre preguntó si la vería en casa. Le dije que no y la verdad es que no le di mucha importancia. La vi con mis amigos y ganamos y festejamos, pero pasado un tiempo entendí que quizá me había equivocado. Quizá lo correcto hubiera sido ver aquella final con mi padre y cerrar un círculo algo complicado de explicar, aunque fácil de entender incluso sin palabras. Sentí una pena tenue y asumible, sin dramas, pero real. Obviamente, mi padre nunca ha dicho nada.

Al año siguiente, me fui de casa. Al poco me casé y la final del 2010 la vi solo, escribiendo la crónica para este blog que ahora ha resucitado. Tampoco vi con mi padre la final del 2012: soy periodista deportivo y creo recordar que estaba trabajando. No estoy seguro del todo. Estaba a otras cosas, seguro, en todo caso.

El amor no gana siempre, pero sí de vez en cuando. Pasó un poco por casualidad y pasó otro poco porque queríamos que pasara. A mediados de la semana y aprovechando unos días libres, subí a mi hijo al coche y nos fuimos al pueblo. Por eso yo vi la final en el mismo lugar donde sentí el dolor en 1994 y cerré un círculo, al fin vengado y sanado. Por eso mi padre vio la final en el bar del pueblo, con sus amigos y con su nieto, y todos cerramos otro círculo. Estamos en paz. Obviamente, ni él ni yo diremos nunca nada.

No hace falta. Cuando terminó la final, bajé al bar y allí estaban. Aproveché para hacerles una foto mientras miraban en la tele los festejos de España, a sus espaldas. A veces fantaseo con dejar el fútbol, porque no es sano. En ese momento asumí que no tenemos remedio, porque ese momento y esa foto me compensan otros 43 años.

Ahora, cuando termine y envíe este texto, bajaré a la canchita del pueblo a recrear el gol de Ferran con mi hijo, pensando en el contraste con 1994. Qué pensar: nos lo merecemos porque aguantamos. Qué decir: gracias al fútbol y a España por tanto. Gracias por jugar como jugaron y por ganar como ganaron. Miles de pueblos y millones de niños. Es lo que somos.

Porque el amor no gana siempre, pero a veces gana, y nos vale con esas veces.

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