Nadie te enseña a perder, es un instinto. Algo que brota de la piel. Algo que tamborilea en tus sienes. La boca sabe a sangre. Todos somos justos en la victoria, pero la derrota nos revuelca por el suelo y quién sabe lo que hay que hacer para levantarse.
Argentina dio la espalda al campeón. Como un niño que tapándose los ojos cree hacerse invisible. Como si nada hubiera sucedido. Como si el césped fuera sólo un rectángulo imaginario tras la arena infinita del desierto. En la felicidad ajena está también la íntima desdicha. Quién quiere mirar allí. Al confeti de oro. A las sonrisas. Al botín reconquistado.
Mejor mirar a tu afición, que llora contigo. Que anima entre balbuceos. Que todo te lo perdona. Las banderas a la altura de sus cinturas. Las viejas camisetas de Maradona salidas de algún taller en Guangzhou. Nadie te enseña a perder, está en la carne. Messi lloraba. Otros buscaban pelea. Pero nadie miraba al campeón. Se jugó el partido. 120 minutos tuviste para humillarlo, para someterlo, para darle el golpe definitivo. Pero si no pudiste, ¿por qué no miras ahora al campeón? Que se elevó sobre ti con las mismas armas y las mismas alas. ¿Tan poco respeto merece su esfuerzo?
Nunca aprendí nada de la derrota. No es una buena maestra. Es otra cosa. Es algo más físico. Más duro. Más fugaz. No es un libro, es una vara en la palma de la mano. Su vibración y la piel enrojecida. Es una caída frente a la meta. Es soledad. Y un aguijón invisible que queda dentro.
Argentina dio la espalda al campeón tras el partido y durante el partido se dieron la espalda a sí mismos. Porque el fútbol se combate con el fútbol. Y el hambre se combate con el hambre. Sin tiros, no hay gol. Sin gol, no hay excusas. Y sólo mirando al campeón podemos aprender cómo es la arquitectura que sostiene su victoria. Su mecanismo de luces y ausencias. Su pulso.
Nadie te enseña a perder. Pero hay quien sabe perder con grandeza. No fue ayer. Ayer todo se empequeñeció hasta desaparecer de nuestra vista. Y quedó ceniza. La ceniza de una selección que ya se cansó de ser fénix. Que ya es sólo pasto quemado en la cuneta. Que vengan los siguientes. Acabó una generación. Una generación que dio la espalda al campeón. Como si la felicidad, de espaldas, ya no existiera. Como si el dorsal les protegiera. Pero que no se engañen, los argentinos pudieron ver perfectamente cómo Rodri levantaba la copa, reflejada en las lágrimas albicelestes de sus compatriotas.
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